Estamos de vuelta…

diciembre 7, 2009

Buenos días a todos:

Sé que os he tenido muy abandonados estos meses. Por eso entono un mea culpa pero de los buenos, de los que incluyen proposito de enmienda. Las razones, que no excusas, han sido mis últimos estertores como flamante ejecutivo de cuentas en una agencia de comunicación (de cuyo nombre no quiero acordarme). Afortunadamente, ya estamos de nuevo cotizando para sostener el Imperio y, lo que es mejor, recibiendo un estupendo curso de redacción y corrección que os recomiendo de corazón y mente.

Muchas cosas han pasado desde mi último post del gran Diamond, y algunas relacionadas con la Red. Gracias a mi gran amiga Tamara tuve la suerte de acudir a Evento Blog España, un congreso que tuvo lugar en Sevilla y del que salí, además de un poco más informado, con mi propia cuenta de Twitter (@alvarmv) y el dominio de este nuestro blog.

Retomado ya el contacto, sólamente deciros que en estoy momento estoy “atacando” El Día D, de Anthony Beevor, historiador que ya me sorprendió gratamente con Stalingrado y 1945 Berlín, la caída. Todavía las lanchas no han llegado a las playas de Omaha y Utah, pero la cosa pinta bien. En cuanto esté terminado tendréis a vuestra diposición mis impresiones.

Y nada más, os veo mañana porque, por si lo no sabíais se cumplen 150 años de la Cruz Roja, algo que merece la pensa reseñar…

Finalmente, aquí os dejo un post buenísimo para entender qué diablos es eso de Twitter…


Crónicas Cursivas I: Tengo un plan

junio 21, 2009

Una grieta de una baldosa de la estación de Cercanías me trae a la mente polvorientos proyectos que, como esta placa de estética setentera, hace mucho que tiempo que se hallan en ruinas, resquebrajados por la acción combinada del viento de las pequeñas luchas diarias, el agua del difícilmente mitigable conformismo y el salitre de nuevas apetencias.

El terminar siempre lo que se empieza queda muy bien como moraleja final de capítulo de serie ñoña de Disney Chanel, pero en la práctica es bastante difícil de cumplir.

Si abro la papelera de reciclaje de mi endemoniado Windows (sálvanos Steve Jobs) aparecen pequeños y grandes archivos con el olvido como elemento común. Si el infierno está llenos de buenas intenciones, entre cada una de ellas se hallan los propósitos de enmienda, pero, ¡qué diablos! no se trata de cumplir un estalinista plan quinquenal cada día y el hecho de volver a retrasar el estudio del inglés, permitir que sobre el coche se deposite una nueva capa de sedimentos o ser incapaz de eliminar del rico castellano propio las ráfagas de tacos no es motivo para acabar durante toda la eternidad en la sala de calderas.

Pero luego están las grandes proyectos, las heroicas metas que hinchan pechos en los días de euforia aunque sea por unos segundos: presentar el Telediario, ganar un premio combinado del Pulitzer, el Nobel y la Medalla al Trabajo, desequilibrar con mi sueldo el PIB… y sobre todo dejar una huella. Pero una impronta no a modo de placa en el callejero como los AC/DC o el Mar de Arán, ni tampoco acumular miles de resultados de Google al teclear mi nombre.

Miro de nuevo hacia la grieta pero esta vez de forma muy rápida porque ya entra cansinamente el tren en la estación y busco la palabra clave. ¿Amor? ¿Dinero? ¿Poder? ¿Sexo? ¿Gloria? No, de repente caigo y la solución es mucho más fácil que todo esto. La solución está en las caras de los grises pasajeros que, a modo de manada, son vomitados por las puertas del ruidoso tren. No se trata de ser el primero, ni el mejor, sino de haber alcanzado la posición dominante y eso, aunque parezca ridículo, es posible tan sólo con una sonrisa.


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