Por recomendación del peruano Raúl del Águila, he podido leer La guerra del fin del mundo, inquietante obra de su paisano Mario Vargas Llosa por el que, dicho sea de paso, siento una gran admiración desde que hace siglos cayó en mis manos La ciudad y los perros. En breves líneas, este absorbente libro narra los hechos acontecidos en el estado de Bahía, en Brasil, poco después del fin del imperio y la proclamación de su república, que provocó una rebelión entre las clases más deprimidas. Lo peculiar de dicha revuelta, que según las crónicas provocó miles de muertos, es que constituyó una mística e ignorante fusión de religión y política. Su líder, Antonio el Consejero, fue seguido como un líder mesiánico que identificó la república y sus avances técnicos y sociales (matrimonio civil, sistema métrico decimal, censo…) con el Anticristo, con el Can.
Ese ejército de desarrapados que poblaba el sertón bahiano poco a poco fue convirtiéndose en un torrente humano que desembocó en Canudos, nueva Jerusalén y epicentro de la sangrienta revuelta. A este lugar acudieron los peores delincuentes, redimidos de su vida de robo y muerte como Joâo Satán; tullidos como el León de Natuba, llamado así por sus melenas y su condena a andar a cuatro patas; el Beatito, iluminado que, cilicio en muslo, sólo quería alcanzar la gloria divina; María Quadrado, ultrajada en vida y rebautizada como Madre de los Hombres por su amor a todos sus semejantes… y así un desfile de almas que en ocasiones recuerda el show de Tod Browning. Y por supuesto, los yagunzos, soldados de este peculiar cristo que juraron defender hasta la muerte, y así lo hicieron, al Buen Consejero.
Expedición tras expedición, las tropas enviadas por la República de Brasil son masacradas y ésta, cada vez más consciente de la revuelta que arrasa Bahía y que podría extenderse por el país, decide mandar todo un ejército con miles de hombres a aplastarlos. Mientras la multitud de civiles reza, reza y reza, los yagunzos resisten, resisten y resisten como pueden con fusiles, trabucos y facas hasta que la superioridad de los “perros” finalmente se impone.
Varias son las reflexiones que me vienen a la cabeza tras esta más que recomendable lectura. Una, que se trató de una revuelta de los más pobres entre los pobres, manipulados por una mezcla de religión y fantasía (creían que el rey Sebastián emergería del océano para ayudarles). Dos, que al final, luchas políticas aparte, son los poderosos lo que se imponen a sangre y fuego. Y tres, que este grupo, que se oponía a la jerarquía eclesiástica, me recuerda a otros episodios similares como el de los cátaros, que pagaron con su vida el hecho de ser diferentes o no pensar de la misma manera que las opulentas clases político-religiosas de su tiempo. De todos modos, ¿qué importan unos miles de muertos si la doctrina y los privilegios se mantienen?